En su boca nunca una mala palabra, en su cara nunca un mal gesto.
Se desvivía por los demás, siempre ayudando, siempre dispuesta y disponible para quien lo necesitara.
Pero en su interior habitaba una extraña sensación, un vacío que nada conseguía llenar.
Aquella noche, el restaurante donde trabajaba estaba repleto, no había tregua ni respiro posible.
Fue entonces, justo en ese momento, cuando supo que aquel vacío había desaparecido.
Mientras, él, manteniendo la mirada, y con un sonrisa, le pidió algo de comer, le daba igual qué, pero algo AGRI-DULCE.
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